sábado, 14 de mayo de 2016

55 ELTISLEY

Nuestro primer hogar nos ha olvidado.
Vi cuando pasé conduciendo
lo poco que nuestras vidas fueron para él
al marcharnos sin dejar rastro. Cuando nos mudamos allí por vez primera
busqué presagios.
Lo había dejado vacante una viuda recogida por su familia
y todo lo que la casa me dijo fue: «Terminó su vida».
Había dejado la última sangre de su marido
manchando una almohada. Su entera historia
colgaba –un miasma– alrededor de aquella mancha.
Agrio olor de senectud. Se había condensado
como la grasa en los cubiertos. Confirmó
tu idea de Inglaterra: mitad
residencia de ancianos, mitad depósito de cadáveres,
a caballo entre lo moribundo y lo muerto.
Igual que los estantes grasientos, las paredes pegajosas y oscuras
de la cocina-madriguera se revolvieron en ti
en furia de fregar. Estudié la sangre.
¿Era sangre de la boca, sangre del oído
o la sangre de una herida en la cabeza, después de una caída?
Tomé posesión antes
de que nada nuestro hubiese remozado
aquella cripta de viejas congojas e insípido gas
de marido muerto. Reclamé solo nuestro primer hogar
y dormí solo en él,
intentando no inhalar el fantasma
que seguía agarrado al respirar de la cama.
La muerte de él y el duelo de ella
fueron los únicos invitados a la inauguración de la casa.
Nos permitimos gastar diez libras en un suntuoso Chesterfield
de terciopelo azul de Prusia. Nuestro juego
de cachivaches de cocina de emergencia
adoptó aquella mugre mutilada, desgastada y abandonada
en el astillero y la ritual botadura
de nuestra expedición. Un espejismo
del mundo tal cual es o tal cual debe ser
no parecían peor uno que otro. Estábamos ya
más allá del Albatros.
Tú misma eras el entero océano Antártico
entre tus amigas y yo. Eras el banco de hielo
entre cualquier cosa posible que hubiese yo sido
y la mención de lo que era. Había aceptado
el fenómeno meteorológico
que mantuvo inalterada tu brújula.
Como polares apariciones sólo a Wendy
y a Dorothea, al ser visionarias
hadas madrinas, se les disculparon las caras.
Me daba lástima tu delirio de suspicacias.
A través de la oscuridad del arco iris que recorrí trabajosamente.
Que recorrimos de la mano trabajosamente. Para mí, aquella casa
fue nuestro primer campamento, nuestro primer invierno.
Donde yo era feliz mirando una vela.
Para ti fue la comodidad del iglú.
Tu Campana de Cristal con calefacción central
de un ruidoso calentador de queroseno.
Pero también estabas contenta calentándote las manos
en la bola de cristal
de tu pisapapeles heredado. Dentro,
en miniatura, estaba tu Navidad de Nueva Inglaterra,
una mamá y un papá, juntos todavía,
girando bajo la nieve, como nuestro futuro.

- Ted Hughes, Cartas de cumpleaños

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